Cuanto más alto es el árbol, más difícil resulta enderezarlo”.
Dentro de esta obviedad subyace, según mi criterio, la base de la educación.
Asisto como parte implicada a un espectáculo casi dantesco al que nadie parece prestar atención. ¿Qué nos está pasando a los padres? ¿Por qué hacemos una dejación constante de nuestras obligaciones para con nuestros hijos? Y con esto no me refiero a cubrir las necesidades básicas obvias (alimentación, vestimenta, hogar…) sino a, quizás, la más importante de todas ellas: crear individuos maduros y respetables para la sociedad.
Históricamente hemos pasado de un extremo al contrario. La curva sinusoidal que marca cualquier desarrollo social humano ha pasado, vertiginosamente, de que el motivo principal de la paternidad fuera tener hijos como seguro frente a la vejez (desde amortizar su crecimiento haciéndoles trabajar, cuidar a hermanos menores, asentar vínculos mediante sus matrimonios, cuidar a los padres ancianos…) a idolatrarlos y considerarlos nuestras pequeñas mascotitas para darles cariño.
Mucho antes de convertirme en psicóloga, educadora o madre ya tenía claro que el papel de los padres no es sólo dar amor, sino posicionarse enfrente del hijo como custodio de su formación, como muro de contención ante su permanente empeño de salirse con la suya y desacatar la autoridad. Es una tarea devastadora, agotadora, el estar permanentemente guiando su desarrollo y atajando de raíz sus desmanes.
Pero eso es ser madre/padre. Lo demás, el concederles cualquier demanda que sale de sus boquitas, permitirles que (en sus injustificados arrebatos) puedan faltar al respeto al más pintado, es crear tiranos.
Siempre me ha resultado curiosa, hasta cómica a veces, la manera que tienen algunos padres de justificar lo injustificable de sus hijos, de no ver las barrabasadas propias pero criticar duramente las mismas acciones cuando son sus hijos las víctimas. ¿No se dan cuenta estos padres que flaco favor hacen al desarrollo de sus hijos?
La vida es un camino lleno de baches, de caídas, de dudas. Estos niños crecerán sin saber lo que es sentirse frustrado, sin conocer el concepto de autoridad jerárquica, sin interiorizar el principio de que a cada acción le sigue una reacción acorde. ¿Cómo se enfrentarán, entonces, a su primer bache vital? ¿Berrearán como posesos esperando a que su padre se doblegue y le resuelva el problema?
Entonces, cuando esos niños, ya adolescentes, planten cara a sus padres en cuestiones realmente importantes para salirse con la suya (como vinieron haciendo toda su vida), los padres acudirán a un profesional. Y, en mi caso, siempre ofrecía la misma respuesta: “¿Por qué no enderezó usted su árbol desde el principio?”.

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