Antes de instalar una fábrica, el empresario tiene una idea precisa y exacta de los objetos que ésta va a producir. Ha realizado un sondeo preliminar, para averiguar las posibilidades y las condiciones de venta de los productos, a partir de ahí deducirá las normas que le permitan afrontar la competencia en el mercado. La parcialidad de este sondeo tiene su origen en la inhumana racionalización capitalista, pues el empresario jamás se hace la pregunta esencial: “¿Es útil a la sociedad el producto que yo voy a fabricar?”, sino estas otras egoístas: “¿Podrá venderse mi producto?, ¿Se podrá vender caro?, ¿Se podrá vender en grandes cantidades?, ¿Podré reducir los gastos generales y así obtener un beneficio tal que merezca la pena tener la empresa?”.

 

Padres y sociedad, esos padrinos naturales de la escuela pública, razonan, desgraciadamente, como el capitalista interesado.

 

Para la mayoría de los padres, lo que importa, en efecto, no es la formación, el enriquecimiento profundo de la personalidad del niño, sino la instrucción suficiente para pasar los exámenes, conseguir un trabajo bien remunerado, entrar en aquella otra escuela o en un cargo oficial.

 

Ciertamente, estas consideraciones humanas no son sólo flaqueza, sino la consecuencia de una concepción utilitaria de la cultura y la creencia en la virtud de las adquisiciones formales.

 

En el otro polo está la sociedad, que no es ni más generosa ni más comprensiva. Frecuentemente, está dominada por la inquietud política de sobrevivir, sin tener tiempo de pensar en lo que sucederá dentro de 20 ó 30 años. En su preocupación por lo inmediato, esta sociedad le exige a la escuela que prepare al niño para los fines inmediatos que se propone y que muchas veces no son ni más humanos ni más racionales que aquellos que, en nombre de la industrialización y el progreso, emprenden la fabricación de un objeto inútil, peligroso o nocivo para la sociedad.

 

Frente a estas dos concepciones interesadas, que no tienen en cuenta el punto de vista del niño, nosotros debemos definir el verdadero fin de la educación: el desarrollo máximo de la personalidad del niño en el seno de una comunidad que le sirva y a la que sirva. Cumplirá su destino y se elevará a la dignidad y a la potencia de un hombre, que se prepara a trabajar eficazmente, cuando sea adulto, lejos de falsos intereses para la realización de una sociedad armoniosa y equilibrada.

 

Pero, aunque nosotros sabemos que esto es un ideal, no es superfluo el formularlo. Nosotros sabemos que, en la práctica, los educadores tendrán que enfrentarse al egoísmo, al interés mal comprendido, a la organización irracional y de corto alcance, consideraciones que tienen el riesgo de desequilibrar y entorpecer el proceso educativo. Razón de más para que los educadores tengan una visión clara de este ideal, al que muchas veces serán los únicos que se dediquen.

 

CÉLESTIN FREINET. Por una escuela del pueblo. Cuadernos de Educación. 1977.

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