El lector (sobre todo si es un joven lector) sabe bien que la frase “un amigo es una luz” es un verso de la archiconocida canción Amigos, cuya letra y melodía pusiera en labios y corazones sensibles, desde hace poco más de una década, el grupo argentino Los Enanitos Verdes. Completa, reza así: "Un amigo es una luz brillando en la oscuridad", y no sé por qué, aunque discreta y sin muchas pretensiones, siempre me ha parecido una muy hermosa definición de lo que son esos seres leales, incondicionales y desinteresados que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, y que hacen, con su grata presencia, más llevadero el hecho de existir. Tan rotunda y certera se me antoja la frase, que hasta creo se puede tomar como pretexto para divagar un rato sobre el tema de la amistad. No es otra cosa lo que haré en estas breves líneas.

Encontramos que a la oscuridad que traen las innumerables tribulaciones por las que debemos pasar en la vida, la frase opone la luz que viene de la amistad. Una luz que brilla para que nosotros podamos encontrar un punto en el que apoyarnos mientras nuestros ojos se acostumbra a la penumbra o hallamos una salida que nos conduzca a parajes menos tenebrosos. Ahí está con claridad, sin decirse, la palabra que nombra una de las cualidades más hermosas de la amistad: solidaridad. Pues, con certeza inapelable, se podría afirmar que ningún amigo de verdad deja abandonado al otro frente a las inclemencias o a las adversidades. Esa acción no es propia de almas virtuosas, y esa cualidad —además de la sabiduría— es la que el orador y pensador romano Cicerón establece como condición para que subsista la amistad. Lo contrario es el egoísta individualismo, que a veces logran disfrazarse de buenos sentimientos, pero que el tiempo, juez certero y eficaz, termina por dejar al descubierto.

Ahora que cito a tan ilustre autor, caigo en la cuenta de que son muchas las plumas que se han ocupado del asunto de la amistad y muchas también las páginas que se han escrito sobre ella, pero pienso que el libro que a diario logra las más memorables es el de la vida misma. Hombres y mujeres de todos los parajes que, sin importar las cruentas circunstancias por las que atraviesa el mundo, con sus actos desprendidos y altruistas reafirman lo mejor del ser humano. Y en ese libro, merecen capítulo aparte las que con alegre desenfado y gran ternura escriben los jóvenes, que, por supuesto, son quienes más tararean la canción de marras.

En efecto, son ellos los que, tal vez por su alma aún no cuarteada por los dolores de la existencia y desprovistos de engorrosos prejuicios, se acercan entre sí sin ninguna prevención y con un espíritu puro, dispuesto al sacrificio por los demás. En ese sentido, son muchas las lecciones que tienen para darnos a muchos adultos a los cuales el paso del tiempo vuelve prevenidos, insensibles, egoístas e incapaces de prodigar un gesto tierno por el temor de ser tenidos como débiles. Una de esas páginas es de reciente ocurrencia y, como fui testigo de excepción de ella, no dudaré en compartirla con los lectores de estas líneas.

Ocurrió la tarde de un lunes, día que suele ser gris y pesado para la vida de los escolares. Uno de los estudiantes de mi grupo había tenido un fin de semana terrible, que su misma facha descuidada delataba. Estaba agobiado por las agrias disputas con sus padres, por la posible ruptura con su novia de toda la vida y, sobre todo, por su carácter inclinado a la sumersión. Ajeno a cuanto discurría en torno suyo, no hacía más que llorar y renegar de su suerte, malhaya sea esta vida, con la cabeza recostada sobre el brazo del pupitre. Inútiles fueron mis intentos y los de varios de sus compañeros por persuadirlo de integrarse a sus deberes y hacerlo salir de ese estado. Musitaba entre sollozos que la vida no tenía sentido, que quería morirse. Sonó el timbre y salí del salón de clases lastimado por ese cuadro de desolación en un alma tan joven. En el camino hacia el otro curso, me alcanzó uno de mis alumnos, quien me dijo que le permitiera llevarse a su casa al compañero afectado. Aseguró con voz entrecortada que él sabía cómo tratarlo, qué palabras decirle, en fin, qué consejos darle en ese duro trance. El sufrimiento por el dolor de su amigo se le veía en los ojos. Me habló con tal seguridad y confianza en su solidario gesto que no dudé en tramitar para ellos el permiso de salida. Se marcharon juntos (pude ver desde lejos las espaldas con morrales que atravesaban el portón que franquea la entrada y salida del colegio) y yo me quedé el resto de la tarde, entre hojas de exámenes y tareas, pensando cuál había sido el desenlace de aquella conmovedora escena.

No tuve que preguntarlo: la sonrisa alegre y los ojos vivaces que encontré al día siguiente en el puesto en que el día anterior había un ser humano abatido y quejumbroso me indicaron en seguida que el dios de la amistad se había hecho presente de nuevo entre nosotros.

“Un amigo es una luz brillando en la oscuridad”: qué hermoso es mirar la vida desde esa confiable perspectiva, ¿cierto? Y, por el contrario, qué pesar da contemplar la otra cara de la moneda: el cuadro patético de muchos que eligen el áspero camino de dedicar la vida a herir a los demás.

 

 

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